Aún no logro
comprender muy bien esos efusivos entretiempos de las películas de Bollywood,
en los cuales insertan repentinamente unas colorinches coreografías, donde todo
el elenco, se mueve inexplicablemente al ritmo de una canción. Y aunque pueda
resultar algo kitsch y aturdido, es prudente recalcar que a través de una
manifestación tan sencilla como esa, podemos observar cómo parte de su
identidad cultural se expresa de manera espontánea.
Si hablamos de la
incipiente cultura del vino de la India, no es muy diferente a sus peliculas:
si van a emprender y a mostrarse, tiene que ser dentro de un espectáculo
rimbombante y complejo, con su propio colorido e didea de elegancia y puesta en
escena.
No es menor en un
país cuya proyección de bebedores de vino puede llegar a representar a un 2% de
la población. ¿Muy poco?, en verdad no, si vemos que ese minúsculo porcentaje
representa entre 20 a 25 millones de habitantes.
Dentro de los
productores destacados de vino de la India se encuentra Rajeev Samant, quien
cabe dentro del estereotipo del clásico joven genio hindú, que logra salir y
estudiar en una universidad tradicional como Stanford, en norteamérica, y que
más tarde –y como sucede con muchos inmigrantes– se proyecta para cumplir el sueño
americano. En este caso siendo parte Oracle, el gigante de Silicon
Valley.
Con estas referencias,
hablamos de alguien que se fuga de la epopeya romántica de alguien que va y
pone las manos directamente sobre la tierra. Lo de Rajeev es más que nada un declick, un respiro profundo que
comienza cuando contemplando las cercanias de Napa, da cuenta que podría
existir alguna condición y similitud con las tierras que posee su padre en
Nasik, Mumbai. El entusiasmo y aire es tal, que acelera la puesta en marcha de
un viñedo junto a algunos colaboradores, cambiando la historia de las pocas
viñas y bodegas establecidas en su país.
India tiene una
interesante data arqueológica de miles de años con el cultivo de la vid, que se
ha visto truncada estos últimas décadas por la rigurosidad que impera en el
extenso abanico religioso. Aun así, actualmente se vive en pleno la apertura
económica, que contrasta con el hambre y la desesperación por lo material, lo
cual ha llevado a flexibilizar las leyes anti alcohol.
En vista de esto,
podemos sacar en limpio que no existe una tradición o referencia histórica para
el consumidor global.
Rajeev logra ver una
clara deficiencia en esto, y para enmendarlo decide erigir su propio mundo del
vino, invirtiendo e instaurando su propia tradición.
Si no hay cultura y
crítica de vinos, la crea y educa para tales efectos; si no hay maridaje
propicio, entonces para buscarlo abre sus propios restaurantes; si no hay
enólogo o asesor, lo trae de Napa; si no hay tiendas de vinos, no importa, el
abre las propias. Así de simple. Tema aparte y como toda buena viña que ostenta
instalaciones de calidad, se ha puesto a disposición un hotel con vista al
viñedo, construyendo además, un anfiteatro al aire libre donde organiza el Sula
Festival, una celebración que convoca a conocidas bandas nacionales y
extranjeras.
Rajeev Samant cuenta además con la asesoría de Kerry Damskey, un terroir consulting de California. Junto a el comienza a plantar en Nasik, clones de zinfandel, syrah, viognier, riesling, chenin blanc, cabernet sauvignon y merlot. En una variedad no menor de suelos que pueden variar desde arcillas hasta carbonato de calcio.
Sus primeros vinos
aparecen justo con la entrada del milenio, siendo tal la repercusión de estos a
muy poco recorrer, ya han sido incluidos obligatoriamente por la WSET y
escuelas de sommelier del Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Estados
Unidos.
Otros productores que
entraron en escena y queriendo ser parte de la aventura vitivinícola,
decidieron invertir algo más, llegando incluso a reclutar al conocido asesor
francés Michel Rolland, pudiendo así contrapesar la existencia de Sula.
Lo importante, es que
Sula ha conseguido algo extraordinario: popularizar el vino y crear un entorno
propicio para que se manifieste una cultura que anteriormente, no la reconocían
como tal.
El vino que probé de
su portafolio es el espumante sin añada, que dicho sea paso no puede ser medido
como un gran vino, sino como un logro extraordinario que en unos años más se
desprenderá de la imagen de su benefactor.
Primero que nada no
hay gran profundidad ni mucho menos una amplitud de aromas y sabores. A decir
verdad es bastante apagado, y para llegar a un consenso poco crítico, podríamos
decir que es bastante liviano. Pasa por boca sin querer despertar mucho. Tiene
tostados muy suaves con la nota láctica precisa, justa, y una acidez media que
acompaña. Además de una intensidad frutal que se mantiene, contrastando con su
impecable integración de vino-carbónico. No tengo reparo en decir que es de muy
buena calidad, pero su fruta entró algo débil al proceso.
Un vino burbujeante que pasa fácil, pero que me deja en ese molesto punto donde se hace indefinible. No sabría darle un espacio entre mis preferencias o si me gusta o no, no tengo una idea precisa. Sólo sé que me agradó probar algo de un país que resulta extraño en esto de los vinos.
En síntesis, en Sula apreciamos la obra un genio ante su mejor idea: usar la ingeniería, la ciencia, el dinero y el suelo, para crear un viñedo sustentable, biodinámico, que logra finalmente introducir la palabra "vino" en India, decorarla, y consiguir situar a su país dentro del mapa vitivinícola mundial. Precisando que después de su hazaña, aparece una veintena de aspirantes comprando hectáreas muy cerca de sus instalaciones.
Sin duda el ser parte de la fiesta constante que es producir vino, es lo que más parece agradarle a Rajeev Samant, al cual extrañamente, no le gusta hacer publicidad de sus etiquetas, ya que según sus propias palabras: "si el vino es lo suficientemente bueno y lo recomiendas, el boca en boca pasa a ser la mejor publicidad por la cual no se paga". No podemos estar más de acuerdo.
Alvaro Tello
@Vinocracia


