Los
bebedores de vino actúan con una fe inconmovible ante panfletos
digitales, e incluso orales. Veamos que la instalación de lemas y
consignas no es sólo una cuestión que entusiasma a los bebedores
ávidos de consejos. Recuerdo que hace algunos años, el periodismo
instaló colectivamente la siguiente frase: “el vino no se le debe
explicar al consumidor, ya que el vino debe explicarse por sí
mismo”.
Esta
metáfora a medias, fue capaz de recorrer siete años de publicaciones
con muy pocos cambios a su haber. Salió disparada como una 'recomendación' que provenía por aquel entonces, de la parte
más conservadora del periodismo que se enclaustró en la
vitivinicultura.
Curioso,
y contradictorio. Ya que cuando se habla y escribe de un vino, lo
primero que se hace es descomponerlo, reconstruirlo, y luego hacerlo
comprensible con ciertas afinidades para un lector que no
conocemos, y que en teoría, puede corroborar los dichos al beber de una
botella.
Es
que vagamente eso son las descripciones: una crítica apologética y
poco hedónica, un conjunto de explicaciones que salen despedidas con
aparente genialidad, portadoras de evangelios que el bebedor en el
mejor de los casos, no hará culto estricto de ellos. Pero lo hacen,
inevitablemente.
“El
vino no se le debe explicar al consumidor, ya que el vino se debe
explicar por sí mismo”, es una frase extraña, confusa, una
sentencia premonitoria que valida la astucia propia del explicador,
al poder armar una atractiva y sugerente declaración que al mismo
tiempo lo invalida: si el vino es capaz de develar con
facilidad su origen, e incluso de
hablar
por sí mismo, en teoría, no necesitaríamos comunicadores.
Otro
democrático refrán y eterno placebo es el utilizado a la hora de
justificar (o excusar) nuestro gusto personal: “el mejor vino, es
que le gusta a uno”, o en su variante solidaria: “el mejor vino,
es el que te gusta a ti”.
La
pregunta es: ¿sabe alguien realmente lo qué le gusta? Sonará una
idiotez, pero no lo es. Muchos quienes comienzan a probar y repetir
la experiencia de degustar vinos, lo que hacen en realidad es
promover la educación de sus sentidos. Su sentido y su gusto y como
éste lo va entendiendo, acompañando o emocionando de forma
insistente. Y en aquel peregrinar, y como en la mayoría de los
alimentos y formas de prepararlo, es difícil ir entendiendo lo que
gusta y no gusta. La observación y cotejamiento no es camino fácil, ni mucho menos
uno a corto plazo. En esa misma línea, es muy poco probable que con
solo un par o cientos de botellas se decida a rajatabla el sitial al
cual se ancle el paladar. Ni hablar de quienes hacen vino, algunos de
ellos tozudos y graníticos a reventar.
La
diversidad de cepas,
lugares y formas de hacer vinos
es tal, que permite travestirse rápida y sucesivamente. Definir
un
“gusto personal”
se
resuelve en la reacción del individuo y
lo que recopila a través del tiempo, conjugando
lo racional y lo emotivo.
Entonces,
es difícil hablar de un gusto absoluto y determinante en espacio y
tiempo. De primeras y vagas impresiones tenemos bastante. Somos frágiles, susceptibles a cambios, y no es innecesario entablar debate y consenso de qué es o no un
buen vino, o el mejor en tiempo presente de aquí a mañana.
Si
quieren entenderlo de mejor manera, la frase del escritor de
destilados Phillip Hills lo resume a la perfección: “La mayoría
de las personas con alguna experiencia en cuestiones de sabor, sabe
que lo que les agrada ahora, no es lo que les gustaba cuando eran
niños. Los gustos se cultivan y en general, preferimos un gusto
cultivado a uno ineducado. La apreciación tiene que ver con el sabor
cultivado, el ejercicio de poner algo en juicio en base a valores que
provienen del aprendizaje”.
“El mejor vino es el que más te gusta” es una metáfora
perfecta que resume la inexperiencia, la entronización del corto plazo; una disonancia que no es muy distinta a quienes ven la figura de
Jesucristo en un pan tostado y le dan un significado real.
El
vino instala cosas interesantes en el imaginario, hasta el punto que
abrazamos ideas extrañas y aquellas frases convertidas en eventuales
burradas.
Quizá
el columnista
Javier Salas tuvo
una respuesta tardía a tales fenómenos: si hay algo
que define esta época, es
el
ensalzamiento de la subjetividad, y de rechazar lo que nos
contradice.
Vino
pal que no lee, y pal que poco entiende.
Alvaro
Tello