Bajo riesgo de sonar cursi, el tema de la belleza en el vino aunque cueste creerlo, no es una ridiculez o una estupidez conceptual, es algo que la historia vitivinícola francesa y europea en general, habla sin pudor y sin miedo alguno.
Para ir en detalle, podemos extraer un ejemplo de la Enciclopedia del Agricultor Sudamericano (compuesto por manuscritos de la Librería Francesa y del resto de Europa, por J.S.Tornero en 1873), y ver en detalle como hace 140 años, los vinos de Burdeos y Medoc se trasegaban una buena cantidad de veces, para luego aplicarles extractos de raíz de lirio, colorantes de frambuesa, vainilla, macerados vegetales y azúcar entre otros ingredientes. Todo, con tal de engrandecer y mejorar la experiencia de beber, exagerar la virtud del color y del sabor, la búsqueda de un estilo y belleza que probablemente, en nuestros días sería una práctica aberrante, herética e imperfecta, pero que se creyó hasta finales del siglo XIX, era parte de algo simplemente formidable.
Sin embargo, hoy en día existe una nueva y extraña consideración para la belleza, o al menos un nuevo ambiente en el cual la percepción y gusto por los defectos pasa a ser una virtud sobresaliente. Como la acidez volátil, o acética. Una acidez que la podemos acercar al público como el sabor y aroma a vinagre. Un defecto que puede surgir ante la falta de higiene, malas condiciones de almacenamiento, intencionalidad, entre otros tantos factores dados a gusto por las bacterias.
El dadaico artista pretende a través de la instalación burlarse y enviar una protesta ante quienes ven una obra de arte clásica, como un simple objeto de arte, consagrado al esnobismo y siutiquería (la exageración ante la perfección y el sobrecogimiento). El urinario pone un artefacto cotidiano, tosco, buscando una nueva interpretación de belleza, que no necesariamente tiene que serlo. Sencillamente es una provocación abierta y bastante creativa.
¿Qué tendrá entonces en común el meadero de Duchamp con el vino? La respuesta es: muy poco, o nada.
La idea es simplemente poner en paralelo dos valores. Por un lado la valorización de la acidez volátil como una propuesta de belleza, del "vino con alma", parte de un defecto que corre sin tapujos como una protesta reactiva ante la industria, cuyo avinagrado toque no tiene que ser necesariamente agradable (para lo que es el vino actual) pudiendo instalarse sin problemas como un nuevo y legitimo gusto, una propuesta que valida al productor de vino cuya excesiva “honestidad” instalada en su embotellada propuesta, se encuentra por sobre el descuido y los accidentes.
La valorización de los defectos son nuevas y legítimas formas de gusto. A veces suelen ser muy creativas, y otras, se mal entienden: cómo no recordar a los enólogos que creían que el vino turbio era defectuoso. Y deseo confesar sin problemas haber probado vinos avinagrados que me han gustado. Hay una pequeña proporción que es aceptable y logra comprenderse. En muy pocos vinos. Pero de ahí a convencernos que el vinagre es una propiedad intrínsecamente valórica; es como dice Umberto Eco, el mal gusto como prefabricación e imposición. Engrupidez, le llamamos en Chile.
El enólogo argentino Ángel Mendoza puede perfectamente cerrar este texto, si recordamos su frase escrita en el sitio de Los Andes de Argentina: “el vino necesita clientes, no creyentes”. Y ese es el gran problema que tiene el urinario de Duchamp y la acidez volátil, es que siempre hay alguien, que se las va a querer tomar muy en serio.
@vinocracia