Todo presidente democrático o no, ha realizado, heredado o pateado más de alguna vez un artículo o ley en el cual se vea damnificado o potenciado el vino chileno. La única diferencia, es que los antiguos productores de grandes familias, ya no pueden y no acceden con facilidad al poder legislativo con el cual se emparentaban familiar, política y amistocráticamente. Excepciones hay y dejan dudas, como el artículo 261 de 1974 que levanta la prohibición de vinificar con uva de mesa. O el supuesto lobby actual por los vinos de baja graduación alcohólica.
Fuera de esto se da a entender que la regularidad y el conducto político por el cual tiene que atravesar el vino chileno actualmente, es totalmente azaroso, pudiendo jugar en pro y contra sin recibir anestesia previa.
Es parte de la realidad, que el vino a través de la historia legislativa de este país siempre estuvo en ojo de los recaudadores dado su alto consumo. Contrariamente, en nuestros días la situación no es tal, no existen los 50 y tantos litros de enjuague por persona. Pero es la misma historia quien nos dice, que ni las 249 leyes en las que se ha visto involucrado al vino chileno, ni los impuestos ni cobros adicionales de cualquier orden, son el ente directo que ha influido en su consumo y dolo en estos últimos 100 años. No quiero dar una opinión ni anticiparme a los efectos del alza, no es de mi interés dar a conocer curvas ni caprichos de consumo, sólo atenerme a revisar que es algo a lo cual cíclicamente se debería estar acostumbrado, pero ha de ser en esta época de consumo cacareante e hiperconectado, en el cual se ha hecho premonición y juicio repercusivo, de cómo finalmente podría quedar la imagen y el precio del vino chileno.
Creo recordar, que ha sido un solo presidente en la historia, el cual fue promotor indirecto del no consumo ya con impuestos altos: Eduardo Frei Montalva, quien a través de una ley de jornada laboral completa, publicada en el año 1965, suprimió la antigua costumbre de ir a casa, almorzar con vino y volver al trabajo. Para decorar este decreto, se prohibió entre las 4 y 7 de la tarde, el expendio de vino por un año completo, para fomentar e inculcar forzosamente a no apresurarse e ir a beber a la salida del trabajo, sino más bien, ir a casa y cuidar de la familia.
En estos momentos de crisis teóricas, es un descalabro hablar o pronunciarse sobre como hipotética y estrepitosamente lograría incidir en la alicaída fama interna del vino chileno. El asunto en mi opinión ha de ser un poco más simple, creo que nuestro imaginario emblema, ni siquiera tiene fama o puede ostentar de ella, al balancearse y darse el lujo de jugar como un hibrido commodity patrimonial, que finalmente ha logrado figurar y mantenerse en la vitrina por un grupo de subscriptores de una revista, y también, por la absorbente rapidez para digerir cualquier trendsetter. Como ese que logró explicarnos con un viejo luminoso letrero de neón, lo aspiracional que es poder beber espumantes todo el año.
Siempre han sido factores sociales adjuntos y mancomunados los que interfieren y bajan el consumo, como el intento de estratificación por parte de los productores familiares de hace más de 40 años, incitando a beber el vino embotellado por ellos y no el de alcance popular; las persecuciones sanitarias dirigidas; la cancelación de patentes de alcohol; la industrialización de las embotelladoras de cerveza y gaseosas, que permitieron bajar precios y distribuir rápidamente, compitiendo con 40 pesos el litro de Coca-Cola versus los 100 del vino; la masificación de la televisión en 1982, que promovía a través de la publicidad la unión familiar y goce en torno a la cerveza y a la bebida de fantasía, que coincidentemente resultó ser combinable con destilados. Esto, es parte de los tantos detonantes que terminan enterrando el consumo de vino y propagando a cualquier otro bebestible.
Finalmente se escucha que ha de ser una solución y que beberemos menos pero mejor ¿es broma? Recordemos siendo empáticos y apelemos que al menos Santiago, es una ciudad que siempre ha sido comandada por el capricho y urgencia de su bolsillo desconociendo calidad, lo que se bebe y a lo que sabe el liquido es lo de menos, importante es cuánto cuesta. A ese 65% de la población que vive de la oferta y retail, poco le interesa el chip, la cuba, el sentido de origen y el azúcar, sólo, que algo deberá pasar con la carne y su joda colectiva. Tal como lo harían en Francia con los vinos de cinco dólares de Schroeder & Schyler.
Al final y dado que siempre nuestra historia reclama silencio y pasividad ante los hechos, todo seguirá como siempre: lo malo seguirá siéndolo y lo bueno seguira igual, nada cambiará a menos que salga una ley que diga explícitamente, que van cobran por las ganas de beber.
AT
@vinocracia